Sentada frente al timón,
mis manos temblando contra la madera,
admiro la soledad del río, su cielo gris
y agua nerviosa.
Ni las aves ni los peces aparecen en el horizonte,
tampoco el ruido de las almas y la vida en cada orilla.
Hoy, en esta mañana con nubes pesadas clavadas en mi cuello,
estoy sola.
El barco avanza sin pedir permiso,
yo no lo controlo ni me dejo llevar,
toda su fuerza e independecia combate contra las olas turbias
y la marea alta y oscura.
El agua empieza a colarse en la proa, en un baile salvaje
entre la máquina y la naturaleza.
Se empujan, el río entrando y saliendo a su gusto
y el barco empujándolo y dándole la mano.
Quieta en mi lugar, los observo,
cómo fluyen y crecen en el combate,
cómo detiene el aire y me quitan el aliento
con todo ese poder que me falta.
Son la brutalidad mecánica
y la fuerza natural.
La madera astilla mis dedos pero igual lo tomo.
El timón, viejo contra mi piel fría, acepta mi agarre y desesperación.
Con el viento golpeándome la cara, dejo que mi cabello guíe el camino,
tan largo y eterno
como el río con el que peleo.
En esta soledad nado a mi ritmo,
rapido y hambriento,
quebrando las olas con las manos
y dejando que el barco se deshaga de a poco,
sus piezas decorando las aguas como pequeñas luces
y marcando el destino
de mi propio naufragio.
Ana Clara Oyarzábal
