Sir David Wilkie, 1785–1841. Background Study
Mi casa vacía susurra tu nombre.
Pide ayuda, desesperada;
te busca entre las flores y la tierra,
sopla el polvo de los libros y apaga el fuego de la chimenea con su llanto.
Grita tu nombre, desconsolada,
arrugando almohadas y todo lo suave en lo que descansabas.
La lavanda se agita ante su pena
y deja un camino violeta para vos.
Quiere ser tu guía, empujarte contra las ventanas y que veas
la tristeza de tu ausencia.
Espera paciente tus pisadas,
su destrucción siendo el sacrificio de tu vuelta;
pero la casa lloraba y lloraba,
imposible de calmar.
Abrí la puerta y dejé pasar sus lagrimas,
la marea interna del hogar llegando hasta mis rodillas
y arruinando todo a su paso.
Levante las cartas mojadas del piso, pesadas con tu enojo,
y camine hasta la leña.
La casa aulló enfurecida, tirando los muebles y recuerdos contra mí;
me empujó en una pelea que yo no quería tener.
Ella no entendía, tan triste y fría,
que tu huida fue la llave que abrió mi alma.
Prendí el fuego y tiré las hojas,
tu nombre consumiéndose en el calor.
Mi casa vacía se llenó en silencio
y dejo que todo lo mío la vuelva a ocupar.
Ana Clara Oyarzábal
