Ryder, Albert Pinkham. Moonlight Marine. Museo Metropolitano de Arte
Él todo lo controla,
como crecen las hojas,
como sopla el viento,
cómo nos movemos.
No existe forma de contenerlo,
él crece y crece hasta tener lo que necesita.
Cuando queremos tomarlo, con enojo, rabia y tristeza,
huye,
libre como siempre lo fue.
Nosotros no lo entendemos,
como puede crecer y moverse así,
como sigue a la luna y la desafía,
como nos golpea y nos define.
No entendemos su ira ni su daño,
queremos agarrarlo y se nos escapa de las manos.
Nosotros no lo entendemos, pero esa tierra,
tan nuestra y a la vez tan lejana,
solo esa tierra lo comprende.
Como deja que se mueva entre sus espacios,
como vive con el,
como lo respeta y lo desafía.
En una danza insaciable, se encuentran.
Presos del otro para existir,
la isla y el río se buscan.
Acompañados por el viento, la luna
y los ojos ocultos entre las hojas,
aparecen todos los fantasmas que los vieron nacer
y se sientan a ver su baile.
Se mueven al ritmo del otro,
él subiendo, salvaje, y ella,
protectora, marca distancia.
Sus hojas caen sobre el agua,
acariciandolo, y el río tuerce sus olas,
intentando alcanzarla.
Magnéticos, se rozan,
cada toque como un rayo sobre el cielo.
Esta noche la lluvia no llega,
está demasiado ocupada
viendo el baile de los dos amigos,
como el río mira a la isla,
hipnotizado por su magia
y misterio.
Ana Clara Oyarzabal
